A(r)marte

No es fácil enfrentarse al miedo, ni olvidar el frío de un ayer encajonado. Duele mirar a los ojos de aquella persona en quien confiabas y ahora es solo una extraña que jamás llegaste a conocer.

Sin embargo, solo necesitas tomar conciencia de ti, amarte por todos los que no lo hacen, mimarte, creerte, abrazarte, besarte las heridas, coserte los rotos y amar tus cicatrices, que te diferencian, que son solo tuyas y que indican tu capacidad de restaurarte. Porque por encima de todo y más que nada, te debes fidelidad a ti misma, valentía para luchar por tus sueños. No hay otra persona que los conozca como tú lo haces, ni mucho menos que vaya a luchar por ellos como se merecen.

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Continúa

Habrá momentos en los que caigas y otros en los que te arrepentirás de haberte quedado en la orilla, días en los que te comas el mundo y otros en los que desearás que el mundo te trague a ti.

Habrá noches que se harán eternas y en vela desearás que amanezca; y habrá otras que no querrás que acaben nunca y volarán sin que te des cuenta.

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No pasa nada

Ya no nos escribimos y la distancia ha acabado haciendo olvido. No recuerdo el color exacto de tus ojos, ni el título de tus libros preferidos. Ya no espero verte aguardando en mi portal, ni escuchar tu voz cada vez que suena el timbre por la noche. El tiempo supo hacer bien su trabajo, ya no quedan ni disculpas ni reproches.

Conseguimos separar nuestras miradas, convertirnos en personas diferentes, descubrir que aunque ayer temíamos esto, al final hemos sabido hacerle frente.

Hemos logrado encontrar nuestros caminos, desligar el pasado del presente, y aunque ambos sabemos que hubo un día en que tú y yo fuimos un todo, hoy no nos reconocemos entre el resto de la gente.

Caprichosa es la vida que vivimos, que nos mueve y nos rompe los esquemas. Caprichosos nosotros que quisimos vivir esa vida y darle mil vueltas, hasta hacerla nuestra.

Todo está al revés, todo transformado, ya no nos amamos y no pasa nada.

Todo (lo)cura

Hoy soy yo la que te escribe. Aunque para serte sincera, me está costando bastante sacar de dentro las frases que te debo compartir.

Me cuesta, y no porque no lo sienta, sino porque hace ya algún tiempo que decidí colocar tu recuerdo al fondo de los sentimientos que no quiero despertar. Pero ya no hay vuelta atrás, y como estoy decidida a luchar esta batalla, aunque parezca perdida, te escribo aquellas palabras que no supe pronunciar.

Escribo, porque creo que es lo justo, que debo una explicación, aunque por más que lo sienta, no deba pedir perdón.

Me fui de forma precipitada, pues aunque se veía venir, tú aún no te lo esperabas.

Dejé cosas por hacer, piezas por colocar, pero ya no tenía sentido continuar con un puzle imposible de acabar. Perdimos demasiadas fichas, gastamos demasiadas vidas, hicimos las cosas mal. No sé si fue por las prisas o por nuestra terquedad, pero no fuimos capaces de dedicarnos el tiempo que nos pudiera curar.

Fue por eso, por el tiempo que ya no quiero perder, que preferí perder lo nuestro por buscar mi propio ser. Dicen que él todo lo cura, y yo que soy toda locura decidí confiar en él.

Ahora, camina, sigue tu propio camino, aprende de lo que vivimos y vive cada segundo con toda su intensidad.

 

Volar por dentro

Pesaron más mis anhelos de libertad, mis ganas de beberme el aire, de sentir el viento, de volar por dentro. Influyeron mucho las notas de las canciones que ahora bailo descalza, sintiendo el frío del suelo en las plantas de mis pies, mientras estoy ardiendo interiormente. Pero este es un fuego que no quema, que se refleja en mis ojos y que me aporta la temperatura ideal para sentirme viva, plenamente viva.

Pesaron más y rompieron las cadenas que impedían que escapara, y aplastaron a los miedos que intentaban engañarme para que me quedara ahí. Y ahora que corro libre, que miro al cielo, que ya no temo; ahora, la palabra “lejos” me suena bien.

Al otro lado de un “quizá”

Dime cuándo vas a irte, cuándo dejarás de asaltarme en la madrugada, cuándo dejarás de colarte en mi pensamiento. Dime, en qué momento podré dejar de imaginarte, o si llegará el día en que no desee encontrarte. Muéstrame un camino en el que tú no estés y yo no te busque.

Quizá sea mañana, quizá dentro de un año, diez, quince…

Explícame, ¿cómo es posible que te hayas instalado tan deprisa? Si llegaste sin maleta, casi por casualidad y con el billete de vuelta de la mano. Si nos despedimos un par de días después de conocernos. Aunque tú nunca te fuiste, te quedaste aquí, a la orilla de mi pecho.

Desde entonces, trato continuamente de alejar a manotazos cualquier recuerdo que lleve tu nombre, pero es inútil, porque jamás fui capaz de cerrarte del todo mis puertas y ahora ya es demasiado tarde.

Créeme si te digo que no hay recuerdo que haya deseado borrar con más fuerza, y que al mismo tiempo, más desee revivir.

Tenerte cerca es el mejor regalo, pero nunca es gratis del todo, pues cada vez que te veo, significa que pasaré semanas pagando por ello: intentando olvidarte.

No creas que no me he dicho mil veces que esto no lleva a ninguna parte, que hay cosas que no pueden ser, por más que quieras que sean, que hay personas que solo llegan para un tiempo.

No creas que no sé que he de olvidarte y que debo darme prisa, porque sino me hará más daño.

Lo sé, todo eso lo sé, igual que sé que llegará el día en que consiga encerrarte en mi baúl de los bellos recuerdos, de los momentos pasados y ya muertos.

Pero no será hoy, quizás algún mañana que aún siento lejano, pues no puedo evitar esperar algún milagro que de la vuelta a los quizás, y que desde el otro lado, cambie nuestra realidad y una, por siempre, nuestras manos.

El fuego se encontró jugando

Me gusta jugar con fuego, 

aun sabiendo que me puedo quemar.

Me gusta pensar en voz alta, 

aunque me arriesgo a que alguien me pueda escuchar.

Disfruto mirando al cielo, 

esperando siempre una estrella fugaz.

Me gusta observarte en silencio, 

saborear cada gesto, escucharte al hablar.

Me gusta porque llego más lejos, 

porque aprendo, valoro y puedo recordar.

Lo hago porque es mi estrategia para comprender.

Y si bien es cierto que muchos me dicen:

 “¡Cuidado, quién mucho busca se puede perder!”,

yo prefiero perderme en la búsqueda 

que quedarme por siempre esperando un tren,

que quizá no llegue o cambie de estación, 

que ha pasado ya o descarriló.

Yo prefiero avanzar jugando, 

atenta a la enseñanza que hay tras el error,

porque vivir así es vivir ganando, 

disfrutar paso a paso lo que se vivió.

Y creo que el fuego se encontró jugando,

y que sin ese juego no habría calor,

que mereció la pena si ayer nos quemamos, 

que hemos vencido al frío,

y ya no dependemos tanto 

de que salga el sol.

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